MUJERES EN EL MUNDO DEL VINO, UNA CONVERSACIÓN INCÓMODA PERO NECESARIA

PRIMERA PARTE

Hace un par de semanas, un hashtag se volvió viral en Instagram: #womensupportingwomen. No soy fan de los IG “challenges” y normalmente evito las tendencias del momento en las redes, pero esta vez sentí que era necesario publicar algo. El hashtag originalmente comenzó como una forma de crear conciencia sobre el feminicidio en Turquía, pero luego fue recogido por mujeres en todas partes del mundo. En un par de horas, mi feed estaba lleno de fotos publicadas en blanco y negro, con mujeres etiquetando a sus amigas para que se unieran. El hashtag pareció afectar a muchas mujeres sin saber su origen o la intención principal.

Reflexionando sobre mi publicación, el texto que escribiría y las mujeres a las que etiquetaría, me di cuenta de lo importante que era el mensaje: mujeres que apoyan a las mujeres. En mi publicación escribí sobre el empoderamiento, la solidaridad, el reconocimiento de nuestro poder individual y colectivo, y la lucha por la igualdad de género. Y escribí, “sobre todo, levantar la voz, expresar mi verdad, y decirla en voz alta”.

Mientras escribía esto, me sentí hipócrita. Sabía que demasiadas veces no había dicho nada. De hecho, muchas veces me he callado, he ignorado comentarios machistas, no he dicho nada para parar comentarios ofensivos, e incluso ha habido veces que me he reído de manera incómoda de chistes groseros hacia mi u otras mujeres. No he confrontado a amigos, compañeros de trabajo, profesores, jefes  e incluso desconocidos, y he evitado conversaciones incómodas porque… ¿para qué armar un escándalo o crear problemas?

Pero la verdad es que no quería que me vieran como esa mujer. La mujer que no sabe reírse de un chiste, la que se toma todo a pecho, la que le da importancia a todo, la sensible. Pero más allá de eso, temía (y todavía temo) las repercusiones sociales y profesionales (y económicas) de decir algo y expresarme libremente. Sin embargo, si bien mi silencio pudo haber prolongado algunas amistades, o me ha dado cierta seguridad laboral y me ha permitido vivir sin problemas, también mi silencio ha contribuido a dañar la imagen y la posición de la mujer.

Trabajo en el sector del vino

Un sector que es precioso, lleno de cultura, gastronomía, historia, viajes y paisajes, gente increíble, y mucho más. Sin embargo, mi sector también es predominantemente masculino, conservador y elitista. Cuando me entró el gusanillo del vino, no tenía ni idea del sector ni de la dinámica. Simplemente me gustaba el vino y quería aprender todo lo que pudiera sobre él.

Han pasado 5 años desde que me integré al  mundo del vino. Comencé esta aventura en Toronto, Canadá con los primeros cursos del WSET y ahora vivo en España. Los primeros años fueron el recorrido típico de un nerd del vino: aprender todo lo que podía, beber todo lo que podía, conocer a todo tipo de gente del sector, formarme en algo relacionado con vinos, participar en una vendimia y luego otra, viajar a diferentes regiones vitivinícolas, publicar fotos de botellas, cenas, eventos y personas en las redes sociales. El vino me ha permitido seguir mis sueños, aprender y crecer profesionalmente. Pero hace unos años, comencé a notar las grietas en este bonito sueño. Vi cosas que no encajaban, cosas que simplemente no parecían estar bien.

En los últimos meses se han publicado muchos artículos que dan luz a algunas prácticas turbias en la industria del vino. El artículo de Eric Asimov en el New York Times (aquí) sobre la explotación de trabajadores migrantes fue uno de ellos. Antes de eso, en noviembre de 2019, hubo otro artículo en el New York Times (aquí) sobre agresión sexual en la industria del vino cuando un importante sommelier de EEUU (votado como el mejor sommelier del año por la revista Wine & Spirits) fue acusado de agredir sexualmente a muchas de sus compañeras. Y aunque estos artículos han dado una mayor comprensión de una industria que muchos ven como romántica e idílica, todavía hay demasiados problemas que se pasan por alto y no se controlan. Las grandes historias tienen un impacto y generan discusión. Sin embargo, las experiencias del día a día deben discutirse de manera abierta y sincera, porque no debemos llegar al punto de abuso, violencia o explotación para discutir asuntos que deben abordarse ahora.

La industria del vino es predominantemente dominada por hombres

Si bien hay mujeres en todas las áreas del sector, somos una minoría muy pequeña en una industria muy tradicional. Las mujeres están dando pasos adelante en todos los ámbitos, y hay muchas que están siendo reconocidas por su trabajo y talento. Hay varias mujeres en cargos altos y que tienen una influencia importante, como Jancis Robinson, la crítica más importante de vinos internacionales. Hay enólogas, sommeliers, periodistas, escritoras, autoras, negociantes, y Master of Wine. Las mujeres ya no son invisibles en el sector pero definitivamente están subrepresentadas, y el número de propietarias o empresarias de bodegas o parecido es francamente un poco deprimente.

Sin embargo, no es solo una cuestión de números. Es la cultura que lo rodea; la cultura del vino que en muchos países ha excluido históricamente a las mujeres y actualmente hace muy poco para incluirnos (más sobre esto en la segunda parte). También es un sector que no reconoce el sexismo y machismo que existe, ni siquiera en las formas más obvias.

Hace unos años, estuve en una cata con unos amigos. Mientras catábamos y hablábamos de varios temas, le dije a este grupo de amigos y profesionales del vino, “la industria del vino es dominada por los hombres y es sexista”. Esperaba algo como “¡sí, totalmente!” Pero en cambio me miraron y dijeron que no, que habían muchas mujeres en el mundo del vino. Yo todavía era bastante nueva en el sector y pensé, tal vez hay más mujeres, pero… ¿dónde están? De todos modos, me molestó y traté de nuevo de explicar lo que había visto y vivido. Lo negaron y me dijeron que estaba equivocada. Una experiencia más reciente fue hace solo unas semanas, esta vez en un grupo de cata solo para mujeres. Les comenté un incidente reciente que había tenido con un amigo, también en el mundo del vino, y luego seguí explicando otras situaciones sexistas y machistas que había observado y vivido.  Me miraron, escucharon, algunas reconocieron la situación, pero a la mayoría no les pareció un problema.

Esta experiencia me dejó pensando, ¿estaré loca? ¿ Seré la única que se siente así? ¿Cómo es posible que este incidente no les causara un poco de rabia? Fue frustrante y desilusionante, pero quizás también un poco alarmante. Hay demasiadas experiencias, comportamientos y comentarios que hemos normalizado en nuestro sector. Y sé que mis experiencias no son únicas. Sé que los incidentes sexistas no son aislados, ni ocurren en un solo país. De hecho, al mirar atrás en los años que he estado en este sector, veo que estos incidentes se repiten una y otra vez, algunos graves y alarmantes, y otros tan arraigados en la cultura del vino que generalmente pasan desapercibidos.

No estoy aquí para vigilar a nadie ni para afirmar que no he participado en esta cultura sexista. Por mi propia ignorancia sobre el sexismo, mi deseo de ser aceptada y encajar con mis colegas, he contribuido a una cultura que tiene un sexismo igualmente abierto como sutil. Incluso a medida que me he vuelto cada vez más consciente de esto, también he guardado silencio en muchas ocasiones, contribuyendo así a una cultura que no apoya a las mujeres y que a menudo nos degrada.

MUJERES, VINO Y SEXO

Las formas más evidentes de sexismo serían la sexualización de la mujer en el vino. En otra cata en Portugal hace unos años, me senté en una sala llena de 50 hombres y dos mujeres, la hija de un enólogo y yo. Estaba sentada con un grupo de hombres que conocía personalmente y con los que me llevaba bien. La degustación comenzó como lo habitual, durante los primeros flights la mayoría de la gente escupía, discutía en voz baja sobre los vinos y tomaba notas. Con cada flight (y había muchos, ya que se trataba de una cata vertical de vinos de 2000 a 2016), se escupía menos, se escribía menos y se hablaba a un volumen ligeramente superior. Fue entonces cuando los hombres de mi mesa me preguntaron algo sobre el vino. Era en portugués y mi nivel de portugués era básico, así que no entendí bien la pregunta. Les pedí que lo repitieran. Lo hicieron, pero yo seguía sin entender. En ese momento empecé a notar que sonreían y se reían, y pronto me di cuenta de que era un chiste. Les pedí que lo repitieran y en ese momento finalmente un amigo tradujo la pregunta. Era un juego de palabras, una broma sexual dirigida a mí. Se rieron y yo me senté en silencio, sintiendo una sensación de impotencia y humillación. ¿Una broma tonta? No creo. Sé que a un hombre nunca le habrían preguntado si su vino “sabía a pene”, pero estas son las bromas típicas a las que las mujeres se enfrentan frecuentemente; las insinuaciones sexuales, los juegos de palabras o comentarios baratos que debemos soportar, ignorar o decir algo. Sin embargo, la mayoría de las veces estamos en estado de shock o tan enfadadas que las palabras simplemente no salen.

Es obvio que después de unas copas, la gente pierde sus inhibiciones y muestran sus verdaderos colores. Pero quizás lo que más me sorprendió fue cuando, como estudiante universitaria en un programa de maestría de enoturismo, mi profesor nos mostró varios ejemplos de marketing creativo de vino. Entre esos nos mostró este:

Este anuncio de una bodega australiana fue prohibido en el Reino Unido en 2015 porque se consideró ofensivo y degradante para las mujeres (enlace aquí). Sin embargo, en 2016, mi profesor presentó esto como “marketing creativo”. Sin duda, es creativo. Pero también humillante, irrespetuoso y contribuye a una cultura que trata a las mujeres como objetos del deseo sexual de los hombres, una invitación para que los hombres prueben nuestras partes íntimas, para satisfacer sus deseos tomado o tocando lo que no es de ellos. Y, sin embargo, esto se enseñó en un entorno académico.

Más recientemente, un conocido profesional me envió esto:

Para darte algunos antecedentes, es un enólogo talentoso y alguien a quien admiraba por la calidad y singularidad de sus vinos. Tenemos algunos amigos en común, pero rara vez hablamos, así que cuando me envió esta imagen a las 3:46 de la mañana por WhatsApp, me quede confundida y perturbada. No le respondí. A las 9 de la mañana del día siguiente me envió una línea que decía: “Es un vino nuevo”. Nunca he respondido a ese mensaje y mi respeto hacia él ha disminuido.

Hace unos años salió un artículo muy interesante sobre etiquetas sexistas en el mundo del vino natural, puedes leerlo aquí. Sin duda alguna, los productores del vino natural están elaborando vinos muy interesantes y únicos. Esta nueva generación de enólogos en la vanguardia quieren romper con la tradición, con la élite tradicional y sus visiones anticuadas, y reflejan esta nueva postura a través de todo tipo de etiquetas divertidas y provocativas. Pero la contracultura solo llega hasta cierto punto; la cultura histórica sexista permanece y, una vez más, las mujeres no son valoradas como individuos, sino vistas como objetos que los hombres poseen y desean. He mirado la imagen que me envió varias veces para tratar de entenderla: hay una mujer completamente desnuda y un hombre no identificado entra a sus partes íntimas. ¿Es una prostituta? ¿Es el dueño de ella? ¿A quién le está mostrando su cuerpo? ¿Qué tipo de vino requiere esta etiqueta? Pero sobre todo, ¿por qué este hombre me envía esta imagen a las 3 de la mañana?!

Las imágenes son la forma más sencilla y eficaz de comunicación; absorbemos más información de imágenes que de palabras. Las etiquetas y los anuncios con imágenes de mujeres desnudas y sexualizadas, como las del enólogo francés Jean-François Ganevat,  animan a los hombres a mirar a las mujeres como objetos deseables que pueden recoger de una estantería. En nombre del arte, el cuerpo femenino ha sido usado y abusado por hombres (puedes buscar en Google a Picasso, Bertolucci o Jodorowsky si necesitas más convencimiento). Y si bien el vino es solo un producto o una mercancía, algunos enólogos han alcanzado el estrellato porque se les considera “artistas” o genios. El sommelier y enólogo Norman Hardie, de Ontario, Canadá, fue reverenciado y admirado hasta que salió a la luz que había acosado sexualmente a muchas de sus empleadas (enlace aquí).

El problema no es el sexo ni tampoco es acerca de que las mujeres sean dueñas de su sexualidad, sino de la cultura del sexo rápido, una cultura pornográfica que normaliza el comportamiento sexual inapropiado hacia las mujeres, comportamientos que podrían conducir a un peligro real para las mujeres en la industria del vino.

Una mujer en el sector del vino (o cualquier sector, en realidad) siempre debe tener en cuenta como se viste. Antes de salir de casa, se mira al espejo y se pregunta: ¿esto es demasiado revelador, demasiado apretado, demasiado sexy, demasiado femenino?, ¿qué impresión doy?, ¿estoy mostrando demasiado? Es un comportamiento que los hombres en el sector ni siquiera piensan cuando se visten (excepto, quizás, ¿estoy demasiado mal vestido?). Yo soy una mujer que le encanta llevar tacones, vestidos, faldas y pintalabios de colores llamativos. Me siento cómoda con mi forma de vestir, pero soy consciente de que muchas veces algunos hombres creen que mi forma de vestir es una invitación a coquetear o hacer insinuaciones. Una mano agarrando mi cintura, en la parte baja de mi espalda, o en mi rodilla son ejemplos comunes de avances sexuales no deseados (particularmente en el sur de Europa, donde este comportamiento a menudo se tolera como “culturalmente apropiado”).

Placer, vino y mujeres.
Un pantallazo de una cuenta en Instagram

Sabemos que la agresión y el acoso sexual ocurren en la industria del vino. Pero las mujeres y los hombres no hablan de ello. Es sólo a puerta cerrada cuando se escuchan todo tipo de historias de enólogos, consultores o sommeliers que se toman “otras libertades”. La industria del vino es tradicional y, a menudo, es necesario mantener las apariencias sin discutir el lado oscuro de este sector (incluyendo el alcoholismo). En catas o eventos, el vino fluye en abundancia. Es muy fácil perder el control, especialmente si hay vinos que son demasiado buenos o demasiado raros para escupirlos. También hay muchos egos grandes y comportamientos arrogantes. Una mujer que vaya sola a una degustación o evento tendrá que pensar cómo se viste, con quién se encuentra, con quién estará, y la logística de cómo volverá a casa o su hotel. A menudo viajo sola (he viajado sola como mochilera y he vivido en el extranjero desde que tenía 21 años) y, a menudo, voy a catas sola. Si bien normalmente me he sentido cómoda y segura, me estoy volviendo más consciente e incómoda con esos incidentes de “no paso nada, no fue gran cosa ”. Un ejemplo sería en una fiesta de la empresa cuando tres compañeros de trabajo querían ligar conmigo de forma agresiva; dos intentaron besarme, rápidamente agarrándome la cara para darme un beso en la boca, y otro compañero pasó toda la noche tratando de persuadirme de que me fuera a casa con él. Todo esto fue en la misma noche y frente a todo el personal de la bodega y la gerencia. El lunes por la mañana fue parte de los chismes de la fiesta, con mi jefe comentando algo al respecto de cómo mis compañeros intentaron ligar conmigo, siendo la nueva. Me hubiera gustado haberle dicho a mi jefe lo inaceptable que fue el comportamiento de mis compañeros, lo incómoda que me sentía y lo nerviosa que me puse (lo que en realidad me llevó a entrar en un ataque de pánico camino a casa desde el bar), pero no lo hice. Estaba avergonzada, era mi primera semana en la empresa y tenía miedo de lo que pensarían. Pero sobre todo, no quería perder mi trabajo, y entonces no dije nada.

HOMBRES, VINO Y EL TRABAJO HONORABLE

Los ejemplos del uso de mujeres, nuestros cuerpos y la sugerencia de sexo en el vino son omnipresentes. Pero hay muy pocas imágenes de hombres desnudos, hombres bebiendo vino de manera provocativa o sosteniendo copas de vino en sus entrepiernas. Al contrario, la mayoría de las imágenes de hombres o partes de su cuerpo en anuncios de vinos suelen transmitir características fuertes, duras y humildes, como unas manos callosas sosteniendo un racimo de uvas, una canasta de uvas en el hombro de un hombre, un agricultor arando con caballos en una pendiente muy empinada, un hombre en el viñedo con un lindo perro, y así sucesivamente. (Haz una búsqueda de enólogo o enología en las imágenes de Getty Images).

Las fotos de archivo en Getty Images muestran más hombres que mujeres en viticultura y en la bodega.

Los hombres, al parecer, hacen el trabajo duro y honesto. Son los agricultores, los “vignerons” (viticultores) y tienen un vínculo profundo con la tierra, respetuosos con el medio ambiente y  fuertes valores a la hora de elaborar vinos. Conozco muchos viticultores/enólogos varones que tienen convicciones muy fuertes respecto a la viticultura y el respeto a los suelos, ya sea trabajando de forma orgánica, biodinámica, sostenible, etc. Esto es genial, pero luego este mismo individuo se sienta a la mesa – macho alfa, el jefe de la mesa, en el asiento de poder, solo se levanta para abrir una botella de vino. Mientras tanto, su esposa o pareja ha cocinado un menú de 5 platos a la perfección, ella apenas se sienta durante toda la comida, la clásica ama de casa de otros tiempos: tiene que entretener, limpiar, trabajar horas extras. Se ocupa de todo lo doméstico, pero además también tiene su propio trabajo o profesión (vivimos en los tiempos modernos, recuerda). Y además de su trabajo, por lo general también trabaja en la bodega de su marido, completando pedidos, etiquetando, embotellando, limpiando. En esencia, tres trabajos y quizás solo uno se le paga. Cualquiera que sea la dinámica de poder dentro de la relación (de eso no puedo opinar), la contradicción entre el vigneron liberal o radical, que se preocupa por los gusanos, insectos y rocas en su suelo, y este hombre que continúa operando en un sistema tradicional de dominio cuando se trata de mujeres (e incluso de otras minorías) es desilusionante y desalentador.

No hay duda alguna de que la agricultura, la elaboración del vino y la gestión de una empresa son asuntos difíciles y desafiantes. Son labores físicamente exigentes, de muchas horas de trabajo y, a menudo, se trabaja en condiciones extremas, especialmente durante la vendimia. Pero el papel de la mujer en el vino sigue siendo más doméstico, encargadas de animar a los visitantes y clientes, o trabajar como secretaria o haciendo los “trabajos fáciles” en bodega. Sí, los hombres suelen ser más fuertes que las mujeres, pero eso no significa que no pueda cargar o empujar una caja de uvas de 20 kg, levantar mangueras pesadas, operar maquinaria pesada o subir y bajar los diferentes tanques según sea necesario. Aun así, cada vez que he trabajado en la vendimia he tenido que demandar y/o exigir y/o rogar para poder hacer el trabajo pesado. Estaba allí para aprender, para experimentar activamente. No tenía intención de simplemente presionar botones o trabajar en la mesa de selección. Pero para que me tomaran en serio y para sentir que realmente estaba haciendo el mismo trabajo que mis otros compañeros, tuve que luchar para cargar una caja de uvas, sacándola de las manos de mi compañero. El enólogo me decía: “No puedes con ella, te harás daño, ¿por qué no dejes que lo hagan los hombres?” Por más caballeroso que puedan parecer esos gestos, hacen muy poco para empoderar a las mujeres y, de hecho, a menudo pueden aislarnos, marcando una clara distinción entre los deberes del peón de bodega (varón) y los de una mujer. También he visto las caras de resentimiento de mis compañeros que están sobrecargados de trabajo, físicamente agotados durante la vendimia, solo por la rigidez de los roles. No necesito un pase libre para las tareas requeridas debido a mi género. Soy perfectamente capaz de cargar, levantar y hacer las mismas cosas que mis compañeros de trabajo, así como tantas mujeres en la industria.

Aquí hay una anécdota interesante que resume un poco de todo lo anterior. En una bodega donde yo trabajaba, la forma en que se dividían los roles era que los hombres trabajaban en la bodega de 9 a.m. a 5 p.m. Las mujeres también trabajaban. Eran trabajadores de temporada y recogían uvas desde las 6 o 7 de la mañana hasta la 1 de la tarde, cuando la temperatura alcanzaba los 40ºC. Luego eran enviadas a casa para cuidar a los niños y hacer las tareas del hogar. Algo curioso que pasaba en esta bodega en particular, era que había un hombre conocido como “Sr. Piezas”. Era algo así como un embaucador, podía tener en sus manos cualquier cosa, incluyendo mujeres. De hecho, el Sr. Piezas era la persona que negociaba los contratos de las mujeres locales que vendimiaban uvas. Negociaba sus horas y su paga con la gerencia de la bodega, y las llevaba en la parte trasera de su camioneta. Esta era una región muy pobre, lo que convirtió a este señor en un hombre muy popular y poderoso. Se sabía que se tomaba “libertades “ con algunas de las mujeres de vez en cuando. O al menos le gustaba presumir de ello.

ESTEREOTIPOS: MÁS ALLÁ QUE UNAS PALABRAS TONTAS

¿Qué se esconde detrás de una broma? Pues, en realidad mucho. En una visita reciente que hicimos a una bodega en Navarra, el enólogo soltó algunos comentarios clásicos sexistas sobre las mujeres y el vino. Cuando una amiga y yo mencionamos que pertenecíamos a un grupo de cata solo para mujeres en La Rioja, se rió y dijo con arrogancia: “¿Y qué catan, vinos rosados?” Obviamente ignoramos la pregunta. Pero luego enlazó ese comentario con este: “Pero las mujeres simplemente terminan peleándose entre ellas, entonces, ¿cómo funciona eso?” se burló, con su panza gorda rebotando por todos lados. Intenté dar una respuesta diplomática, mientras clavaba mis uñas en los brazos de mi silla para evitar darle una bofetada  o arrancarme el pelo. ¿Cómo puede estar pasando esto?, me pregunté. De camino a casa mencioné a las otras personas del grupo lo molesta que estaba por ese comentario. Pero la respuesta general fue, bueno, es un agricultor de Navarra, ¿y qué importa? A lo que solo  puedo decir, ¡importa muchísimo! La bodega que él representa recibe clientes internacionales, de todas las razas, religiones y género lo que significa que comentarios racistas, sexistas e intolerantes no van a ser aceptados tan fácilmente. Sus comentarios dejan una mala impresión de él y de la bodega que representa. Es más, los vinos que catamos no me impresionaron mucho y, después de ese comentario, ya no me interesaban en lo más mínimo. Además, no es un pobre viticultor. Es un enólogo con título universitario y trabaja con uno de los principales consultores franceses. Este es un individuo altamente educado y formado, por lo que no hay excusa para sus comentarios sexistas.

¿Qué más da un pequeño comentario? La verdad es que mucho,  porque eso es lo que pasa con los estereotipos, se repiten una y otra vez, con tanta frecuencia que no nos damos cuenta de que son irrespetuosos y dañinos. Escuchamos estos estereotipos desde que somos pequeñas hasta que los normalizamos. Por ejemplo: unas semanas después de la visita a la bodega en Navarra, un presentador invitado al grupo de vino de mujeres repitió un comentario similar sobre las mujeres, refiriéndose a que las mujeres no se llevaban bien. Habiendo terminado su presentación, y sentado en nuestra cata, concluyó,

“Esto va sonar muy sexista, pero es la primera vez que estoy con un grupo de mujeres que no se pelean. Estoy impresionado”.

Naturalmente, me enfadé. Pero algunas de las mujeres aceptaron esto como un cumplido, expresando que éramos diferentes a la mayoría de las mujeres porque somos un grupo con valores compartidos, nos permitimos hablar, somos amigas, etc. Tan cierto como esa parte es verdad, es un comentario sexista que nunca debería haberse dicho, particularmente en un grupo de mujeres.  (Por cierto, un pequeño consejo, cuando comienzas una frase con “Esto va sonar muy sexista …” Para ahí. Lo es. Y no nos estás animando, nos estás subestimando).

Lo que puede parecer una observación inocente es, de hecho, un estereotipo dañino que perpetúa la noción de que las mujeres son maliciosas, que no nos podemos llevar bien, que somos competitivas, envidiosas y rivales.

No somos ninguna de estas cosas. Somos producto de nuestra sociedad, una sociedad que es extremadamente competitiva donde los hombres superan en número a las mujeres en casi todas las industrias, donde la mayoría de los puestos de liderazgo, poder e influencia están ocupados por hombres y donde las mujeres han sido criadas para buscar la atención y aprobación de los hombres. No es de extrañar, entonces, que las mujeres adopten actitudes y comportamientos competitivos, al igual que los hombres, para que podamos ocupar los pocos espacios y puestos que tenemos disponibles. Y mientras que los hombres son libres de tener un vivo desacuerdo o debate, las mujeres son etiquetadas como mujeres agresivas o maliciosas. Este es solo un ejemplo de cómo los estereotipos están arraigados en nuestra sociedad, pero hay muchos más. Los estereotipos persisten debido a nuestra incapacidad de ver el problema desde una perspectiva más amplia. Es la realidad a la que se enfrentan las mujeres no solo en el vino sino en nuestra vida diaria. Los estereotipos que describen a las mujeres como débiles, tontas, bobas, zorras, perras, femme fatales, cazafortunas o busconas, golfas, y la lista sigue. A menudo, no los vemos porque pueden venir en forma de un halago indirecto, paternalista, como he señalado anteriormente. O, como una broma tonta, que aunque la intención no era de ser ofensivo, el resultado y el impacto si lo son. 

El lenguaje que usamos en el vino también es indicativo de los estereotipos que siguen infiltrándose en el sector del vino.  No es inusual que algunos entusiastas del vino describen los vinos como femeninos o masculinos. No me refiero a los clichés típicos de que las mujeres solo beben vinos blancos y dulces y los hombres solo vinos tintos. No, en la jerga del vino, hablamos de todo, desde el cuerpo, los taninos, la estructura, el alcohol y la persistencia. Un vino de cuerpo más ligero, con taninos sedosos, elegante o delicado se puede decir que es muy femenino. Mientras que un vino con cuerpo, redondo, musculoso y estructurado, es masculino. ¿Por qué usamos estas descripciones inútiles? Una vez le pregunté a una influencer, una sommelier italiana, por qué usaba femenino y masculino como una forma de describir dos vinos que presentaba. Ella respondió,

“Existe una diferencia sustancial en la estructura del cuerpo femenino y masculino. Creo que es bueno trasladarlo al vino “.

A eso le diría, ¿y si comparamos el cuerpo de una boxeadora con el de un jinete de caballos? ¿O simplemente comparando dos mujeres diferentes, con cuerpos completamente diferentes? Una puede ser baja y pequeña mientras que la otra alta y atlética. Sí, los hombres normalmente son más grandes y fuertes, pero todos los cuerpos son diferentes. Esto puede parecer pedante, pero es irritante escuchar que un vino fino y delicado es femenino.

Las mujeres, como los hombres, participan en un sexismo abierto y sutil.

En nuestra necesidad de sentirnos valoradas y reconocidas como profesionales, comenzamos a adoptar formas de comunicación más masculinas y competitivas; ser la más ruidosa en una cata, presumir de los vinos que hemos bebido o las catas en las que hemos estado, las personas que conocemos en el sector, constantemente aparentando ser mejor o menospreciando al otro/otra. He conocido a mujeres que se han presentado como la esposa-de o la novia-de un enólogo famoso. Su identidad está completamente ligada a la de su pareja enólogo. Una mujer en el sector me ha dicho que debería sonreír más para verme más simpática (ay, por favor) y así hacer más amigos en el sector. Una académica también me ha dicho que no entendía nada sobre enoturismo porque era demasiado joven y sin experiencia,  invalidando así mi opinión. Estos son solo algunos ejemplos de las formas en que nos lastimamos a nosotras mismas y a las demás, y cómo disminuimos nuestro valor en un sector que nos da poco para empezar.

NO ESTAMOS CONTANDO NUESTRAS HISTORIAS, Y CADA MUJER TIENE UNA

Estas son algunas de mis experiencias después de 5 años en esta industria; solo me puedo imaginar el número de historias de mujeres que han estado en la industria del vino por décadas. Nunca antes había compartido estas historias porque no pensaba que importaran, porque me parecían insignificantes en ese momento, porque pensaba que era la única que las había vivido. Sin embargo, es necesario romper el silencio detrás de este tema (y de otros) en la industria del vino.

Lo personal es político. Todas esas historias con amigos y colegas en nuestro sector son válidas y vale la pena discutirlas y examinarlas. Y estas historias, por pequeñas, diminutas e insignificantes que parezcan, son agotadoras. Estoy cansada de vivir estas experiencias, como muchas mujeres.

Las mujeres no deberían sentirse menos valoradas y poco respetadas por sus colegas. Las mujeres no deberían sentirse incómodas y humilladas con otra broma tonta. Las mujeres no deberían tener que enfadarse porque otra vez un anuncio se aprovecha de nuestros cuerpos. Simplemente no deberíamos sentirnos así!

No contamos nuestras historias porque sentimos que no merecen atención, porque pensamos que debemos aprender a ser fuertes o vestir una armadura; que como profesional, no deberíamos ser afectadas por hechos tan triviales. Pero tenemos que empezar a contar nuestras historias. Solo reaccionamos cuando hay violencia y abuso, pero no debería ser así. Las pequeñas experiencias del día a día, esas acciones casi invisibles son las que pueden causar tanto daño como las experiencias violentas. Son esas “micro agresiones” las que socavan la autoestima de una mujer y que permiten que persistan los comportamientos dañinos. Necesitamos hablar de la forma en que tanto hombres como mujeres en la industria han normalizado lo que es inaceptable. Necesitamos muchas más mujeres en puestos de liderazgo en el sector del vino, en todas las áreas. Todos nosotros, tanto hombres como mujeres, debemos empezar a hablar sobre las desigualdades de género que existen en el sector y hacer consiente esos patrones tradicionales y culturales que perpetúan el sexismo en nuestra industria.

Women supporting women. Quiero ser mejor en eso. Este es mi primer paso.

Texto editado por Alberto Hernández Valle y Adela Meneses

3 Comments Add yours

  1. Si te puede ser alentador, en nuestra asociación de bodegas familiares (Cellers Singulars) de las 9 bodegas asociadas 6 están lideradas por mujeres.
    Por otro lado el sexismo inherente en la sociedad desde hace décadas a permitido que fueran las mujeres que mantuviesen los “costers” de viñedo en el Priorat, ya que al hijo se mandaba a Barcelona a estudiar o a trabajar en un oficio más remunerado.

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